Allí, sentado en aquel sofá gris, viendo como todo el mundo lo compadecía, sentía pena por él, y él, embargado por esa sensación de desolación y muerte no podía seguir viviendo. Fue allí donde se dio cuenta de lo que su vida era y es. Allí donde decidió revelarse y dar un vuelco de ciento ochenta grados a su vida. No podía seguir viviendo bajo nubes grises, por lo menos, no sin ella.
Entonces su corazón estalló. Su mente se desplomó y se inundó del viscoso líquido de la locura. Corrió, cayó sobre el barro, continuó. Lloró, gritó. Atravesó el espeso bosque de encinas, entre la maleza sin seguir caminos en esa tarde oscura hasta encontrar las viejas puertas metálicas, elegantes, se alzaban dando paso a ese campo de lápidas donde ella dormía. Tan dulce como cualquier noche de otoño, entre las sábanas, pero fría. Él allí estaba, allí para abrazarla y regalarle su calor, para amarla. Nunca la dejaría.
Su desesperación arañaba la tierra, lágrimas, lluvia, dolor pero ahora estaba entre sus brazos y no debía tener miedo. Ni él, ni ella. Ya no lloraba, ya no había ruidos ni voces. Solo el cuerpo sin vida de ella entre sus brazos

2 comentarios:
Dios! estas son las cosas que hacen que se me encoja el corazon. Me encanta ;)
Siento tener que decir esta palabra pero...
JOOOODER!
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